Esta historia la escribió mi padre en Enero de 1998 y la publicó en su web en el 2009. Es una historia sin final. 

LA DILIGENCIA DE KANSSAS

(by Tomás Rodríguez Muñoz)

 

Cuando los habitantes del poblado de mineros, vieron llegar la diligencia de Kanssas, todos los desocupados del pueblo, se agolparon a su alrededor; dentro de la misma viajaba una dama toda encopetada, vestía un vestido todo vaporoso de seda de la china y se adornaba la cabeza con una gran pamela que le ocultaba parte del rostro, pero, se adivinaba el de una mujer bella, de una belleza extraordinaria, pero también que sabía defenderse por si misma, como se vio a continuación.

    En aquel momento salió del salón uno de los hombres del «amo» del pueblo y en plan matón, como lo que era, se acerca y dando un empujón a uno de los curiosos se abalanzó sobre la dama y dándole un tirón al bolso se lo arrebató echando a correr, no sin antes, con el revolver en la mano, amenazara a toda aquella gente que no supo reaccionar a tiempo para detenerlo, pero toda aquella gente desocupada se quedaron con la boca abierta al observar como aquella mujer de aspecto distinguido, llevose la mano a la nuca y en un rápido movimiento, salió de su mano un pequeño estilete que lanzó con inusitada rapidez al ladrón, que cayo fulminado, con el estilete clavado en la espalda. No pareció inmutarse lo más mínimo y acercándose al hombre caído de bruces en el suelo recogió su bolso y con paso decidido dirigiose al hotel.

   Todos la dejaron pasar, como se deja paso a una persona que se teme más que a la muerte: los andares parecían los de un felino, pasó entre aquel pasillo de gente que, aunque estaban acostumbrados a ver la muerte, cada día se la miraban, con tal asombro, que el forastero que en aquel momento pasaba con su caballo se la quedó mirando ??,  cómo si le recordara algún acontecimiento o alguien en particular; Ya está, se dijo, es Fernando,,,,? que querría decir con esta exclamación.

    Este hombre que hizo esta exclamación, de rostro enjuto, alto, con unos ojos penetrantes, venía del desierto, eso parecía por la cantidad de polvo que cubría sus ropas, el sombrero y hasta la grupa de su caballo  tenía un color gris plomo, que disfrazaba el color real del mismo.

    Con un tirón de las riendas dirigió a su montura al hotel y deslizándose ágilmente, se apeó y con un gesto rápido, pasó las riendas por la barra que al efecto estaba colocada delante mismo de la puerta, dirigiéndose a un chico que estaba cerca le dió unas monedas y le pidió que llevara al caballo al establo  y que cuidara de que lo asearan y le dieran pienso, él se sacudió un poco el polvo y entró en el hotel yendo directamente a la barra del bar, y pidió un «whisky».  El camarero lo miró con un poco de recelo, porque su aspecto no era precisamente el de un hombre que pudiera pagar, ni de llevar un dólar encima de  él…..